oct02

Viene de El Taxi (I)

Me preguntó si tenía prisa y si me importaba que nos desviáramos algo del camino. Me aseguró que no me cobraría la carrera, pero que debía afrontar una situación complicada. Lo primero que se me pasó por la cabeza fue pedirle que parara y bajarme allí mismo, pero inmediatamente después, una especia de pena dulce se apoderó de mí y pensé que tampoco tenía nada mejor que hacer. Hasta puede que al día siguiente tuviera algo interesante que contar. Lo primero que hice fue preguntarle qué ocurría y si podía ayudarle en algo. Tras dudar, me dijo que tenía una vida muy dura y que debía resolver un asunto familiar algo delicado. Su mujer, al parecer su única familia en la ciudad, padecía obesidad mórbida desde hacia varios años. Lo habían intentado todo, pero la cosa no hacía sino empeorar. La lista de espera para la operación de reducción de estómago era interminable y cada vez tenía menos movilidad y un apetito más voraz. Últimamente, la relación entre ambos pasaba por un momento muy complejo.

El hombre de la rebeca aseguraba quererla mucho, pero se sentía absolutamente prisionero de la enfermedad y no veía futuro por ningún sitio. Lo que le sacaba al taxi apenas llegaba para cubrir las facturas y los gastos y todo lo que hacía en su vida era trabajar por y para ella. Al tiempo, el carácter de ella rolaba a Tramuntana con demasiada facilidad. Él pensaba que la enfermedad había llegado también al cerebro, incluso se planteaba que tuviera allí su origen y hubiera ido conquistando el cuerpo poco a poco, órgano a órgano, centímetro a centímetro. Yo sabía más bien poco de aquella patología, y aquella historia empezó a sonarme muy fea y muy decadente. Incluso me confesó que solía despertarse empapado en sudor, con horribles pesadillas en las que dos anestesistas le rodeaban en su salón con jeringas repletas de opiáceos para retenerle por siempre en su casa.

Miré fugazmente por la ventanilla y me di cuenta de que avanzábamos veloces por Meridiana, dejando atrás la ciudad, y en la dirección opuesta hacia la que me proponía ir cuando paré aquel coche. Puso un intermitente a la derecha, frenó bruscamente y giró hacia una calle angosta y algo sucia de casas bajas. De repente, parecía que hubiésemos llegado a un pueblo.

(…) Continuará

jun18
Como parte del #15m me declaro una persona pacífica y condeno radicalmente todo tipo de violencia: la de los violentos infiltrados en nuestras manifestaciones, y la del Estado, que ha causado más dolor y heridos. Además, condeno la manipulación mediática que enfatiza la información sesgada, parcial o errónea con el propósito de demonizar a los ciudadanos.
Si me manifiesto en la calle es porque:
  • Mi participación como ciudadano se ha reducido a votar a listas cerradas cada cuatro años para ver cómo los representantes de los ciudadanos no respetan lo prometido en su programa.
  • Se hacen leyes a favor de grupos de interés en vez de hacerlas a favor del conjunto de la sociedad.
  • Se invierten recursos públicos para ayudar a minorías poderosas, y no a quienes están pasando situaciones desesperadas ocasionadas por la especulación financiera.
  • Los grandes partidos están más preocupados por mantener su poder que por ofrecer soluciones para superar esta crisis histórica.
  • Está a punto de firmarse un “Pacto del Euro” que consiste fundamentalmente en medidas para reducir la inversión pública en servicios esenciales.
  • Desde diferentes órganos del estado se ha insultado a los ciudadanos, e incluso se ha justificado el recurso a la violencia contra manifestantes pacíficos.

Como parte del #15m, acepto y respeto la diversidad ideológica del movimiento. Cuando participo en una manifestación no reclamo un régimen o una ideología en concreto, ni un modelo social no democrático, ni la eliminación de los partidos o los parlamentos. Lo que reclamo es una democracia mejor y más humana que, entre otras medidas, necesita urgentemente:

    • Cambios en la Ley Electoral para permitir una mejor y más directa representación de los ciudadanos en los parlamentos y una mayor participación ciudadana en las decisiones importantes.
    • Aprobación de una Ley de Transparencia y Acceso a la Información Pública para obligar a la publicación en formatos adecuados y reutilizables de todos los gastos, decisiones y reuniones con grupos de presión por parte de funcionarios y cargos públicos.
    • Tolerancia cero a la corrupción de candidatos y cargos públicos, y controles ciudadanos para la exigencia de responsabilidad política.
    • Separación clara, real y efectiva de los poderes del estado.
    • Control fiscal efectivo de grandes fortunas y operaciones financieras; eliminación de privilegios fiscales a cargos electos.
    • Políticas encaminadas a solucionar de forma efectiva los problemas hipotecarios y de vivienda.
    • Servicios públicos de calidad, fundamentalmente salud, justicia y educación.
    • Eliminación de las leyes que permiten el control administrativo de Internet. La red ha demostrado ser esencial para la libertad de expresión y para responder al peligro de manipulación mediática.
  • Por todas estas razones volveré a salir pacíficamente a la calle el 19 de junio, #19j.
    Si estás de acuerdo, aprópiate del texto y divúlgalo (enlace al documento original)

 

jun14

La noche no había sido gran cosa, la verdad. Lo de siempre en el Apolo y una copa más de las que debería haber bebido. Después, dos cañas y un bocata y para casa. No tenía ganas de moribundear en el metro y me acerqué al cajero a sacar algo de pasta para coger un taxi. Aunque el sol todavía no lucía, la claridad reinante hacía evidente que no tardaría mucho en hacerlo. Era el momento de huir hacia mi cueva y resguardarme del pérfido día. Crucé el Paral·lel a toda prisa, persiguiendo una luz verde, pero una pareja de guiris se me adelantó. No quise ser descortés y les dejé que lo cogieran ellos. Tuve esperar por lo menos diez minutos más hasta que apareció otro libre. Alcé mi brazo derecho como si el año treintaynueve hubiese vuelto y con aire marcial detuve el Skoda que se aproximaba hacia mí.

El tipo al volante no podía ser más mítico. Muy poco pelo, rebeca burdeos y mirada pícara que rompía la seriedad del profundo marrón de sus ojos. Le expliqué dónde quería ir y sin mediar palabra, nos pusimos en marcha. Salía de los semáforos en segunda, alguna vez lo intentaba en tercera, pero el coche apenas podía tirar. Pasando Plaça Espanya, hizo un comentario sobre lo difícil que estaba todo. Cada vez había menos negocio y más inseguridad. No quise darle coba, pero tampoco ser maleducado y le hablé de mi familia y de la putada que le habían hecho a mi padre poniéndole en la calle después de veinte años dejándose la piel por su jefe. En ese momento, noté como una especie de sentimiento de solidaridad espontánea parecía hermanarme con el calvorotas. Conseguí lo contrario de lo que pretendía y comenzó una arenga ininterrumpible en la que sólo le faltó citar a las doce plagas de Egipto entre los culpables de toda la mierda que teníamos encima.

Una señal acústica inverosímil salió de su móvil a un volumen mucho más alto de lo recomendado para cualquier persona normal. Me dijo que le había llegado un mensaje. Alcanzó el móvil en el asiento del copiloto, apartando un callejero que casi se deshacía solo. Tras dudar un segundo entre la carretera y el móvil, noté como había elegido el segundo por la inestabilidad del volante. Le tuve que reprender y soltó el teléfono de golpe contra el asiento. No dijo ni palabra durante los siguientes cinco minutos. Aburrido, levanté la vista y me fijé en el retrovisor. Reparé en que su mirada era ahora lánguida, como perdida y que incluso sus ojos estaban vidriosos. Noté también como su mano derecha no paraba de temblar, aunque se esforzaba en mantenerla rígida agarrando la palanca de cambios con inútil firmeza. Le pregunté si le ocurría algo y tras algunos balbuceos, giró la cabeza y me dijo que tenía que pedirme un favor.

(…) Continuará